De acuerdo sí, ¿pero sobre qué?
Judith Castillo
Llevo dos tercios de mi vida viviendo en idiomas que no son mi lengua materna. Y a veces digo algo, convencida de ser clara, de elegir la palabra correcta y…. la cara de la otra persona me dice que no. A lo largo de los años las situaciones más memorables componen una pequeña lista de anécdotas. Algunas todavía me hacen reír bastante, y otras me dan escalofríos, de estos que bajan por la espalda, volviendo a sentir vergüenza.
También cuando dominamos el idioma hay malentendidos. No tanto por metedura de pata al elegir una palabra que no es, pero creemos que hemos sido claros y, sin embargo, el mensaje no aterriza. ¿Cuántas veces decimos: “no, no es eso lo que quería decir”?
Y ni tan mal si nos damos cuenta. Peor es cuando no nos damos cuenta y ambas partes creemos que estamos en línea.
A finales de año trabajé con un equipo directivo con el objetivo de alinearse sobre los objetivos estratégicos. Al inicio de la sesión parecía bastante claro: todo el mundo conocía los objetivos. Todo el mundo los nombraba de forma muy parecida.
Pero empezamos a trabajar y algo chirriaba.
Las personas hablaban de los mismos objetivos, usando las mismas palabras, y aun así parecía que no estaban viendo lo mismo. Cuanto más intentaban explicarse, más daba la sensación de que defendían una visión frente a otra.
(Esto es bastante habitual: no nos alejamos porque pensemos cosas muy distintas, sino porque la forma en la que nos hablamos va creando distancia. Por la forma de hablar las posiciones se endurecen y acabamos creyendo que estamos mucho más separados en un tema de lo que realmente estamos. Pero este es otro tema.)
Si todos los objetivos eran legítimos y compartidos, ¿cuál era el problema?
Naturalmente cada persona estaba más enfocada en un objetivo que en otro, dependiendo del rol y del área, ese no era el problema.
¿Entonces qué?
Estaban de acuerdo… y en el vivo debate que iba a más parecía que no estaban de acuerdo.
Habíamos llegado al límite del lenguaje. Explicar más … y más y mejor no llevaba a ningún sitio. Así que cambiamos de medio.
Antes de la palabra suele haber otra cosa: un concepto; una imagen; una emoción.
En lugar de seguir hablando, representamos los objetivos del equipo de forma visual, con figuras, y las colocamos sobre una mesa. Hasta ahí nada nuevo, aunque las figuras elegidas para cada objetivo también eran elocuentes.
Los objetivos, al ser ahora figuras físicas, las teníamos que colocar de alguna manera. El momento clave llegó cuando las ordenamos en una secuencia.
De repente, fue evidente para todos: todos los objetivos eran importantes, pero si no se alcanzaba el primero, los siguientes perdían sentido. Un aspecto que no era obvio para todas las personas y que era el origen del malentendido o roce inicial.
Fue un momento “aja”. Ver todos lo mismo, entender todos lo mismo, cambió la conversación.
Representar lo que tenemos en mente en un medio que no es la palabra reequilibró la dinámica en el equipo. Todas las personas participaron y no solamente las más hábiles acostumbradas a hablar y argumentar.
Rápidamente se alinearon sobre los objetivos y donde tenía sentido poner energía ahora.
Usar algún tipo de metáfora visual, tangible, corporal no es “blando” o “jugar”. Son herramientas que muchas veces podemos entender intuitivamente y aportan claridad sobre lo que cada persona “ve en su cabeza”. Además, pueden cambiar la manera en la que conversamos y acercarnos en lugar de alejarnos – aunque no estemos de acuerdo.
Y quizás no estamos de acuerdo, pero al menos lo vemos claro.
¡Feliz semana!

