Conversaciones de taxi en Colombia
Arrate Iraolagoitia
Este verano pude comprobar de primera mano la amabilidad colombiana de la que me habían hablado, y deleitarme con ella.
Allá donde fuese, entablaba fácilmente conversación con las personas y me sorprendía la amabilidad y cercanía que recibía cada vez (puede que mi estado de relajación y apertura al estar de vacaciones también ayudase en estos contactos). En todo caso, me quedó claro que es una cuestión de actitud, que es gratuita y que nos hace el día mucho más agradable.
En este contexto, hablar con los taxistas ¡era inevitable!
Disfruté de las conversaciones casuales- small talks que dicen los ingleses- en los taxis con su bonito acento colombiano, con ese humor simpático diferente al de mi cultura…y me encontré con dos taxistas que me regalaron un par de reflexiones que todavía resuenan en mí. Actuaron de filósofos, creo que sin ser conscientes del impacto de sus palabras. De hecho, esas dos conversaciones de taxi han sido la inspiración para este post.
“Dama, déjese atender. Este es mi trabajo”– me dijo con tono simpático uno de los taxistas cuando me vio intentando subir al maletero de su coche mi equipaje de 23 kg. Su comentario me pilló por sorpresa, me hizo reír y por supuesto, le permití, con gusto, que me atendiera.
Esta frase me dio qué pensar, y por deformación profesional, lo extrapolé al mundo de las organiziaciones y equipos que acompañamos:
La importancia de la contribución de los diferentes roles al sistema, en los equipos y/u organizaciones.
A veces, consciente o inconscientemente, con mejor (como en mi caso intentando subir la maleta) o peor intención, ocupamos lugares, funciones, tareas, responsabilidades…de otros roles del sistema.
Esto, a veces, puede resultar avasallador, poco respetuoso, mal interpretado, desgastante…y tiene impactando en las dinámicas entre las personas.
¿Cuánto honramos, respetamos las contribuciones/trabajos de otros miembros del sistema /equipo?
¿Cuánto permito que otros roles brillen? ¿Cuánto los legitimo?¿Cuánto espacio les doy? ¿Cómo de generosa/o soy?
¿Cuánto me dejo atender, apoyar, ayudar por otros? ¿Me cuesta? ¿Lo disfruto?…
“Yo aprendí a amar lo que hago. Creo que esa es mi gran virtud”– fue lo que me dijo el segundo taxista mientras me llevaba al aeropuerto a las 4h30 de la mañana.
Me contó que ya estaba jubilado del trabajo en el que había pasado gran parte de su vida, pero que no quería quedarse en casa sin hacer nada (su mujer tampoco quería dejar de trabajar) así que decidió hacerse con un taxi.
Al principio el oficio de taxista no le llamaba la atención, incluso no le convencía del todo. Pero tomó la decisión consciente de poner lo mejor de su parte para hacerlo bien, con gusto, con buen humor y así proporcionar una experiencia agradable a sus clientes.
Es decir, adoptó un enfoque apreciativo y dio sentido a su nuevo trabajo.
Hoy en día dice disfrutar de su “nueva ocupación” (como él lo llamó).
Puedo dar fé de que este hombre consigue que sus viajes resulten experiencias agradables, ¡incluso de madrugada!
El enfoque apreciativo es un paradigma con el que trabajamos en el coaching con personas y equipos:
¿Qué SÍ está en mis/nuestras manos para que esta nueva situación, rol, tarea, relación, proyecto (sigue tú con la lista) me/nos resulte amable, satisfactorio, divertido, funcional? ¿Con qué emocionalidad decido/decidimos afrontar, vivir este reto? ¿Qué necesito /necesitamos para ello?…
Definitivamente, viajar enriquece nuestras mentes y corazones.
Gracias Colombia por tu belleza, por la amabilidad y simpatía de tu gente, por la diversión y todos los aprendizajes que me llevo ¡Volveré!
¡Feliz semana!

